El día que me quedé sin techo - Cruzando Estados Unidos en Autostop
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El día que me quedé sin techo

El viaje va tomando dirección, la próxima costa que veamos espero que sea la Este, la de Nueva York. Pero para eso todavía queda mucho, meses diría yo.

Otra cosa distintiva de este viaje son los personajes que aparecen, sus conversaciones y sobretodo sus historias vividas.

Pero antes de hablar de los nuevos protagonistas nos tenemos que despedir de los viejos. De Helen y su familia que tantos buenos momentos nos a dado y de la ciudad de Las Vegas que tan sorprendidos nos ha dejado.

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Y eso que la mayor sorpresa ha venido al final, cuando queríamos irnos, cuando estábamos haciendo autostop a un lado de la carretera.

Nuestro destino era Kingman, es el estado de Arizona, la distancia era corta, a dos horas de distancia del centro de la capital del juego.

Después de ver pasar miles de coches y de ver parar a decenas de personas ya tenemos un prototipo en la mente sobre qué tipo de coches y personas acostumbran a recogernos.

Todavía no tengo respuesta, pero los coches de color rojo nunca paran, menos hoy.

Dos horas y media esperando a la salida de Las Vegas hasta que apareció Steve, sí, otro Steve.

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Ya el primer contacto fue raro, nos preguntó él donde íbamos en vez de nosotros.

– Yo os llevo a Kingman – dijo.

No hablamos mucho, pero se mostraba muy amable. “¿Queréis agua?”,” podéis cargar el móvil si queréis”

A mitad del camino se paró en un restaurante de carretera.

–  ¿Tenéis hambre? Yo pago – nos informó.

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Continuamos camino después de comer y nos preguntó si habíamos perdido mucho dinero en Las Vegas, le contestamos que habíamos jugado a la ruleta y precisamente no habíamos obtenido beneficios.

A raíz de ahí nos empezó a contar su historia con el juego, sus años en un centro de rehabilitación y sus meses preso por robar para volver a jugar.

Nuestra cara un poema, nuestros ojos bien abiertos para no perdernos ningún detalle.

Hasta Kingman llegamos, pero si hubiéramos ido a Nueva York también nos hubiera llevado, por que él solo quería ayudar, según nosotros, pensaba que habíamos perdido todo el dinero de los casinos de Las Vegas y por eso viajábamos en autostop.

Nos despedimos de Steve, nos dio su número por si en otra ocasión necesitábamos su ayuda.

En Kingman ha sido la primera ciudad donde el couchsurfing no nos ha funcionado, nadie respondió nuestra llamada de socorro.

Dentro de esa mala suerte tuvimos buena suerte porque nos metimos en la sala de espera de la estación de tren, al principio no había nadie, la calefacción estaba puesta, había baño y por una noche que durmiéramos mal no pasaba nada.

Pero a medida que fueron pasando las horas eso se convirtió en una reunión de vecinos de personas que no tenían vecinos.

Cogí la mochila y me metí estirado debajo de las sillas, copié la estrategia de un hombre que se había quitado un zapato y me arropé con el saco de dormir con la intención de parecer uno más de la comunidad.

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No dormí nada, supongo que serán los prejuicios que todavía tengo, pero las conversaciones que escuché esa noche eran todas de ayudar, compartir o dar.

 

A la mañana siguiente pusimos rumbo a la casa de Betty en Flagstaff.

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No me dio tiempo a acabarme el café que me había comprado cuando una pareja paró su coche y nos llevó hasta la ciudad donde vivía su hija, Flagstaff.

No tuve la cafeína suficiente para mantenerme con los ojos abiertos así que descansé las tres horas del viaje.

A las afueras de Flagstaff nos recibió la casa de Betty, la nieve hacía una estampa navideña fuera de época y su familia el regalo perfecto para nosotros.

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Próxima parada Albuquerque, estoy preocupado, son 5 horas de distancia y lo peor es el frío que hace en el punto más alto de la ruta 66.

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